16 de junio de 2011

Las cloacas de la democracia

Para empezar, y antes de que me caliente, digo que yo estoy en contra de la violencia. Esto no quiere decir que yo sea una persona pacífica. La violencia forma parte de esta sociedad y, queramos o no, nos define como seres sociales. La violencia es un arma de ataque o defensa y la empleamos en bastantes más actos de nuestra vida de lo que nos gustaría reconocer. Pero admito que es bueno encauzarla y no dejarla salir en la medida en que se pueda controlar, o en la medida en que la debemos de controlar. Dicho esto, me gustaría hablar de los hechos sucedidos, ayer, en las cercanía del Parlament de Catalunya. Hay una cosa que me llama la atención sobre todas y es la importancia que el señor Felip Puig da a la hora de escoltar a un grupo de camiones de la basura. Importancia bárbara, dado que no dudo en justificar el abuso de la violencia que ejerció la policía enfrente de miles de personas que se manifestaban absolutamente de una manera pacífica. Y en contraposición a esta violencia, el señor Felip Puig desatiende sus obligaciones y deja que los parlamentarios sean agredidos por grupos de violentos ante la práctica pasividad de la policía. Osea, la Generalitat de Catalunya tiene más interés en defender a unos barrenderos, que no son agredidos, que a unos parlamentarios, que sí lo son. No soy iluso, y no voy a creerme que empiezan a cambiar las cosas y que el trabajo humilde pero necesario de los barrenderos, la Generalitat, lo valora en más alto nivel que el de unos parlamentarios. Huele a truco, ¿verdad?. Lo que realmente pienso es que el señor Felip Puig y su jefe, Artur Mas, se pusieron de acuerdo para no evitar las posibles actitudes violentas y así deslegitimar a un movimiento que en todas sus actuaciones siempre se ha caracterizado por la actitud pacífica. Es grave esta suposición, ¿verdad? Pusieron en manos de energúmenos a los parlamentarios. Para más inri, hay quién afirma, y circulan fotos, que algunos de los manifestantes violentos eran bastante parecidos a policías de paisano. Alguien definió este tipo de trabajo sucio como 'las cloacas de la democracia'.