28 de enero de 2012
Las nuevas pateras
Si nos parásemos a preguntar a cualquier grupo de inmigrantes recién llegados a cualquier playa de la costa del sur de España, tras atravesar el Mediterraneo. Y digo Mediterraneo y no digo Estrecho, porque lo que se cruza es un mar. Un mar que viene después de un desierto y desierto lo empleamos aquí con sus dos significados; extensión inmensa de arena o piedra, carente de agua y vegetación, requemado por el Sol y en su otro significado de ausente de todo. Y las dos utilizaciones de esa palabra son plenamente válidas; desierto donde cientos, tal vez miles de personas, han dejado sus vidas en su travesía hacia un sueño y desierto es, también, el futuro que tenían en sus zonas de origen. Pues si preguntásemos a esos inmigrantes sus estudios, seguramente nos llevaríamos la inquietante respuesta, en bastantes casos, de tener carreras universitarias, dominio de idiomas. Jóvenes preparados que han tenido que huir de una realidad que les negaba la más mínima posibilidad de demostrar sus capacidades. Huyen y buscan un espejismo, algunos, muy pocos, una realidad de algo mejor. Aquí, bastantes personas, lo han visto como una invasión, como un serio problema al que se le ha de poner freno. Los políticos han creado leyes para perseguirlos, detenerlos, extraditarlos. Ahora, esos políticos, incapaces de solucionar problemas tan brutales como son los inasumibles tasas de paro en la población en general y en los jóvenes en particular, manejan la idea de una nueva inmigración, o tal vez vieja, que este país casi siempre ha expulsado a sus conciudadanos si querían tener una vida más digna. Los jóvenes sobradamente preparados que tenemos aquí buscan sus pateras y huyen de esta realidad, que como la de los otros, es castrante y cruel.